Distinción que establece Mitre entre lo culto y lo popular en el marco de su análisis de las disidencias religiosas
Por: DDEYT
Durante el bajo medioevo, la iglesia católica, fue una
entidad de gran poder sobre las masas, trabajando a la par de la corona para
controlar al pueblo. Sin embargo las disidencias religiosas de la época, fueron
siempre la piedra en el zapato de la iglesia. A las que respondía de las peores
formas. Es entonces, cuando comienza el apogeo de las herejías en Europa por
las que la iglesia, inevitablemente, sufre algunas reformas. Mitre, en su
texto, nos habla de la reforma culta y la reforma popular que, como plantea Macek,
se diferencian porque el primero se refiere a las reformas realizadas por los
maestros y, más específicamente, a los que estaban vinculados a la universidad;
mientras que la segunda se compone de aquellas personas que pertenecen a
escalas sociales inferiores. Sin embargo, esto no representa en su totalidad la
línea divisoria entre lo culto y popular. Mitre nos dice que la diferencia
radica en que las personas cultas, son aquellas que siguen las tradiciones, son
letradas, y saben el latín que, mayormente, eran personas vinculadas a la
iglesia; y aquellos que no siguen o no participan en estas tradiciones que,
mayormente eran los laicos. Ya que a los laicos se les consideraba como
personas que pudieran representar una amenaza a la sociedad, en la medida en
que no podrían pensar en llevarle la contraria a los estamentos de la iglesia,
resultaba bastante sorprendente para los eclesiásticos el que algunos laicos
pudieran llevar una voz de contradicción contra la iglesia, entonces eran
llamados herejes.
El texto nos habla de dos “herejías cultas” que hicieron
gran ruido en el bajo medioevo. El wiclifismo y husismo, las cuales estaban guiadas
por los pensamientos de los profesores universitarios Wiklif y Hus. Condenaban
la riqueza de unos pocos, consideraban que el mundo debía pertenecer a todos y
que los hombres todos debían ser iguales; podría considerarse una forma de
comunismo medieval, que realmente fue ignorada. Hus, que fue más activo que Wiklif,
que se dedicó a la teoría, se representa como el desencadenante de una
“verdadera revolución social”. Cabe destacar que, también se conocía al hereje
como un individuo que vivía en una sociedad en decadencia y por esto se
revelaba en contra de las leyes establecidas. Wiklif no fue alguien que
movilizara masas, sin embargo, tenía un gran número de seguidores; junto a Hus,
consideraba que la cabeza de la iglesia no debía ser el papa, sino Cristo, como
ser divino, y como hombre encarnado. Como era de esperarse, la iglesia trató de
desacreditar estos dos pensamientos, relacionándolos con personas rebeldes y peligrosas. De esta
manera podemos observar que, lo culto y lo popular estaba ciertamente dividido
por los procesos académicos de las personas, pero esta división también cumplía
al llamado del seguimiento de una ley divina, que en el momento de ser
contradicha ponía en juego todas sus armas para mantener el orden social y la
creencia en los estamentos católicos.
Mitre, E. (2001). “La disidencia religiosa en el bajo
medievo ¿Una reforma de contestación social?”, Edad Media: revista de historia, 4, pp. 37-58.
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